Cada diciembre, por la naturaleza de mi labor profesional, recibo canastas de obsequio de parte de clientes y aliados. Vienen repletas de detalles de temporada: una buena botella de vino, el tradicional dulce de frutas y productos para celebrar. Con los años, desarrollé una práctica que trascendió lo material: al desocupar cada canasta, elijo conservarla en casa como un símbolo visible de fe. La miro y declaro: «Señor, mis canastas están vacías y disponibles; listas para recibir únicamente lo que provenga de tu mano, en tu tiempo y a tu manera». Esa postura de manos abiertas fue exactamente lo que necesité vivir en el ámbito laboral entre finales de 2025 e inicios de 2026. Venía de experimentar cómo los planes humanos pueden cambiar de un momento a otro. Justo el día de mi cumpleaños, el 18 de junio, recibí la propuesta de una vacante dentro de la misma compañía. Con entusiasmo pensé: «Es perfecto, por aquí es el camino». Sin embargo, en septiembre los lineamientos del puesto cambiaron por completo y mi perfil quedó fuera del proceso. Aceptar esa aparente negativa me llevó a una oración profunda a inicios de septiembre: le pedí a Dios que tomara el control absoluto, renunciando a cualquier apego a un cargo, a una posición o a mis propias seguridades, proclamándolo como mi único y fiel proveedor. El 30 de septiembre, cerrando el mes, una gerente muy querida me llamó para invitarme a postular en otra vacante. Al contarle lo que había orado, me dijo conmovida: «Kathia, se me eriza la piel al escucharte». Pero, contra toda expectativa, esa puerta tampoco se abrió. Aun en medio del desconcierto, decidí afirmar en mi corazón: Dios sigue siendo Dios. Comprendí que, antes de recibir lo nuevo, Dios quería sanar mi entorno y limpiar el corazón de cualquier amargura. En diciembre me acerqué a la persona que me había entrevistado en junio y que, por pena del desenlace, me esquivaba en los pasillos. Le hablé con total tranquilidad: «Ten paz; si Dios no permitió que me moviera a ese lugar, es porque Él sabe lo que tiene destinado para mí». Él se desahogó, reconociendo el peso que sentía, y logramos cerrar ese capítulo en armonía. Lo mismo hice con mi gerente de ese momento, a quien estimo profundamente. Me senté con ella con humildad y transparencia para evaluar el camino recorrido: «Si hay algo que corregir o enmendar, quiero saberlo para hacerlo bien». Su reacción fue un abrazo sincero y un reconocimiento genuino de mi crecimiento. El terreno quedaba limpio y en paz. A finales de enero, justo antes de nuestro viaje a Colombia, un amigo gerente se me acercó: «Quiero que postules para esta vacante, ¿te interesa?». Le compartí las experiencias fallidas de los meses anteriores y su respuesta marcó la diferencia: «Quiero hacer las cosas distintas; hablaremos primero con tu gerente y, si ella está de acuerdo, avanzamos con transparencia». Así fue. Todo se desarrolló con un orden intachable. Durante marzo se llevaron a cabo el proceso de selección y las entrevistas con total fluidez, y el 1 de abril comencé funciones en mi nueva posición. Mirar atrás y ver cómo encajó cada pieza confirma una gran verdad: cuando vacías tus canastas y confías en Dios aun frente a las puertas cerradas, Él se encarga de abrir la puerta correcta, en el tiempo exacto y bajo su perfecta bendición. Reflexión para el lector Para meditar hoy: ¿Qué frustración o puerta cerrada en tu vida profesional necesitas entregarle a Dios, confiando en que Él está preparando el camino para algo alineado a Su propósito? About The Author Kathia Camarena Mendoza Mujer con la firme convicción que nada ocurre por casualidad, he decidido #Valorar cada latido que Dios me permita vivir con pasión y entrega. See author's posts Navegación de entradas «Mamá, ¿y el viaje?»: la paz de Dios frente a la incertidumbre Cosechar en honra: el valor de despedirse con amor antes de comenzar lo nuevo