Los primeros días de febrero transcurrían con la ilusión a flor de piel ante la cercanía de nuestro viaje a Bogotá. Antes de armar maletas, mi hija asistió por segundo año al campamento juvenil de nuestra iglesia local, el Centro Cristiano Manantial de Vida en La Chorrera. Por mi parte, me sumé con gratitud como voluntaria en la cocina el día previo al cierre. Apenas entraba a los predios de la iglesia cuando sonó mi teléfono: «Señora Kathia, su hija se acaba de golpear muy fuerte la rodilla». Al encontrarla, su llanto no era únicamente por el impacto físico, sino por la angustia de ver truncada la bendición: «Mamá, ¿y el viaje? ¿Qué pasará con nuestro viaje?». Años atrás ella había sufrido una fractura de tibia, así que conocía el rigor de una lesión severa. La abracé y le transmití serenidad: «Tranquila, hija, todo va a estar bien». Logró dar unos pasos con una cojera visible mientras los paramédicos del campamento la atendían. Al salir, el dolor se intensificó, por lo que fuimos directo al médico. El dictamen inicial fue acudir al día siguiente para colocarle una férula, pero coincidió con los días festivos de carnavales y la consulta externa estaba cerrada. Cuando finalmente llegó el día de ir, un aguacero torrencial azotó la ciudad; salir bajo esa lluvia implicaba un riesgo mayor de resbalar o empeorar la lesión, así que decidimos quedarnos en casa y contactar a una fisioterapeuta para atención a domicilio. La especialista revisó la articulación, recomendó compresas frías y masajes específicos. Con el corazón en la mano, le confesamos: «Tenemos un viaje programado en apenas cuatro días, ¿qué nos recomienda?». Su respuesta fue un bálsamo de esperanza: «Si logra afirmar el pie con seguridad y aplican rigurosamente las compresas frías, todo va a salir bien». Nos aferramos a esa palabra. No faltaron voces —incluso de personas de fe bienintencionadas— que sembraban duda diciendo: «Tengan cuidado, ¿cómo van a viajar así? Quizás esto es una advertencia de Dios para que no vayan». Pero en mi espíritu había una convicción inquebrantable: Dios no entrega un regalo con una mano para arrebatártelo con la otra. Si Él nos había concedido ese viaje con todo cubierto, Él mismo cuidaría de nosotras. A partir de ese instante, convertimos cada paso de rehabilitación en una declaración de fe. Mientras mi hija caminaba con esfuerzo por la casa, le decía: «Afirma tus pies viéndote subir a Monserrate. Afirma tus pasos caminando a disfrutar unas ricas arepas. Afirma tus pies lista para recorrer el Parque Jaime Duque». Le proyectaba cada sitio que el guía ya tenía coordinado, enseñándole a caminar por convicción y no por lo que veían sus ojos. Dios honró esa fe: mi hija disfrutó Bogotá con su rodilla completamente sana y restaurada, caminando cada rincón sin limitaciones. La confirmación final llegó al regresar a Panamá. Un amigo nos había agendado una cita con un especialista para una evaluación posterior. Fuimos puntuales, pero el médico no llegó y nos pidieron volver al día siguiente. Al regresar a la mañana siguiente, el especialista tampoco se encontraba disponible. Al salir del consultorio, mi hija me miró con una sonrisa sabia y me dijo: «Mamá, ¿qué más quieres entender?». La obra estaba consumada. En el escenario donde Dios decide bendecirte, Su mano cuida minuciosamente cada uno de tus pasos. Reflexión para el lector Para meditar hoy: Cuando los contratiempos o las opiniones ajenas intenten hacerte dudar de una bendición que Dios ya te entregó, ¿a qué voz decidirás creerle: al temor de las circunstancias o a la fidelidad del que te hizo la promesa? About The Author Kathia Camarena Mendoza Mujer con la firme convicción que nada ocurre por casualidad, he decidido #Valorar cada latido que Dios me permita vivir con pasión y entrega. See author's posts Navegación de entradas Más allá de mis fronteras: asimilar el regalo que Dios preparó en silencio.